Hace unos días tuve la oportunidad de volver a ver la película Los papeles del Pentágono, todo un alegato en favor de la libertad de prensa y la entereza de los profesionales del Washington Post, y de la editora Katherine Graham.

En 1971, el periódico se enfrenta al mismísimo gobierno de los EE.UU. denunciando el informe secreto que el Departamento de Defensa realiza respecto a la guerra de Vietnam.

Desde que comencé a ejercer el periodismo en Televisión Española, varias han sido las etapas políticas y sociales por las que he transitado: últimos días de la dictadura franquista, post dictadura, transición política, gobierno de Adolfo Suárez, primeras elecciones democráticas, victoria del Partido Socialista Obrero Español, y dos de las legislaturas de Felipe González. En cada una de esas etapas he visto cómo los directivos de TVE, a pesar de los órganos que regula el medio, eran puestos a dedo según soplaban los vientos políticos.

Los periodistas aprendimos a maquillar la verdad autocensurando nuestros propios textos de la manera más digna posible, no con pocos episodios de disputas con el directivo de turno, quién de vez en cuando, se atrevía a traspasar la línea roja con frases más acordes con la sociedad que despertaba. Ese era el juego de entonces en la única televisión que teníamos.

Más tarde, y ya fuera de la empresa, llegó Aznar y el resto de los presidentes que han ido ocupando el poder hasta el día de hoy. No hay que ser muy observadora para comprobar que las maneras siguen siendo las mismas con cada equipo de gobierno, sea del color que sea.

Transcurrido el periodo de reconstrucción democrática y modernización del país, y siendo ya pareja del flamante consejero delegado del Grupo Prisa, he sido testigo de primera mano de cómo, so pretexto del bien común de los españoles se ha reservado o serenado información comprometida de gobiernos, monarquía, banqueros y empresarios.

En esos años, parecía que, salvo rara excepción, era el comportamiento habitual en todos los medios. Bien es cierto que cuanto más poderoso era el medio, como entonces ocurría con el Grupo Prisa, más pretendido estaba por las esferas del poder, y puede que a algunos le resultara difícil resistirse a la erótica del poder. Y en ese juego, en el que cada una de las partes pone en valor su potencial, se produce el fenómeno de vasos comunicantes, que no es otra cosa que un clientelismo consensuado a dos bandas.

Historias como las de Ben Bradlee, director del Washington Post, personaje encarnado por Tom Hanks, muestran la decencia y la autoridad que hay que mantener frente a los poderosos, y deja al descubierto la inmoralidad, la falta de ética, y el descaro de directivos y editores.

Es muy revelador el diálogo que mantienen Katherine Graham con su director, Ben Bradlee, en un momento del film respecto al juego de poder que se establece entre los medios y las instituciones. Ambos admiten que sus relaciones personales con las más altas instancias pueden determinar y condicionar el ejercicio de la profesión. Y ambos concluyen que el periodismo exige elegir. Elegir entre relaciones de amistad, o defender la verdad, porque …un periodista no puede ser las dos cosas…

Se trata de una defensa más a la pulcritud, y un rechazo a la mentira por importantes e institucionales sean las instancias que las comentan. …Si yo no pido explicaciones, quién lo haría…, acaba reflexionando Tom Hank en el papel del director del Washington Post.

La película de Spielberg (2017) acaba con un discurso del juez del Tribunal supremo de los EE.UU., Hugo Black, quien, en contra de todo pronóstico, dictaminó lo siguiente:

…Los Padres fundadores han dado a la prensa libre la protección que debe tener para desempeñar su papel esencial en nuestra democracia. La prensa debe servir a los gobernados, no a los gobernantes…

Este argumento a la prensa libre bien podría ser el punto de partida para cualquier medio de comunicación que se precie en serlo.

Desde 1946, la Declaración Universal de los Derechos Humanos es muy clara respecto a la libertad de información, a la libertad de expresión, al derecho a informar y al derecho a saber. Desde 1994 Naciones Unidas recuerda cada año a través de la UNESCO los principios fundamentales y el compromiso con la libertad de expresión, e insta a los profesionales de los medios a profundizar en la reflexión sobre la libertad de prensa y la ética profesional.

Hace muy poquitos años, hemos sido testigo de cómo uno de los más emblemáticos periodistas de nuestro país, primer director del periódico más representativo de nuestra democracia, El País, y uno de los próceres de la democracia española, que no se cansó de arengar sobre la libertad de prensa no solo desde las  páginas de su periódico, sino en multitud de conferencias e intervenciones “allende los mares”, puso una demanda de más de ocho millones de euros a otro medio de comunicación español por publicar una información que ponía al descubierto una de sus prácticas financieras con personajes de dudosa reputación.

A pesar de las tremendas y graves fallas de nuestra justicia, aún hay profesionales dentro de ella que responden al nuevo tiempo en el que ya vivimos. Un tiempo en el que se exige no solo comportamientos nuevos, sino fortaleza para denunciar y erradicar los vicios del pasado. Juan Luis Cebrián Echarri perdió su demanda.

La mala noticia para todos los que aún pretendan mantener comportamientos desleales y prácticas torticeras, en cualquiera de los estamentos profesionales y sociales en los que se encuentren, es que se cerró la veda. Se acabó la caza. Las nuevas formas y maneras implican retornar a donde jamás debimos de alejarnos: a la ética, a la moral, a la verdad… a los valores.

Los periodistas sabemos que cuando una información molesta hay que insistir en ella. La irrupción de la tecnología y el uso de internet abrió un nuevo escenario para los profesionales comprometidos con la ética y la libertad de expresión. Hoy, cada individuo puede convertirse en portavoz de la noticia y ser un revulsivo frente a los maniqueos y la desvergüenza del poder. Aunque ese es otro debate.

Después de muchos años fuera de la profesión, propiamente dicha, retomo ahora el teclado por el gusto y la necesidad vital de contar historias de la vida que, de una u otra manera, cada cual decidimos protagonizar.

Como es más fácil escribir desde la propia experiencia, la mía es sin duda un buen material como punto de partida.

Teresa Aranda Romero
Julio 2021 – Madrid